campo lechugas

La Tierra no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos”

Mucho tiempo ha pasado ya desde que el jefe indio Seattle de la tribu de los suquamish (de lengua sioux) escribiera este párrafo en una extensa carta dirigida al entonces presidente de los EE.UU. de América, Franklin Pierce. Esta carta es un auténtico alegato a la vida, a la naturaleza y al respeto hacia todo ser vivo, como paso previo para la perpetuación de la vida en este planeta. Es un ejemplo de equilibrio y sentido común, de matrimonio bien avenido con la naturaleza y con el cosmos.

Ha pasado un siglo y medio desde entonces y el hombre sigue sin reflexionar en profundidad; a cada conquista, a cada nuevo logro de la civilización, le sigue un enorme daño a este planeta, daños algunos de ellos que ya son irreparables y a pesar de que han saltado todas las alarmas, el hombre sigue empecinado en que todo vale en aras del progreso.

Y en esta vorágine de tecnología y productividad es evidente que uno de lo más perjudicados ha sido el mundo agrario. Antaño, el campesino cuidaba de sus campos pensando en que la cosecha le librara del hambre, le permitiera tener un pequeño excedente para sembrar el año siguiente y si todo había ido muy bien, vender o cambiar parte de su producción por otros productos de primera necesidad o de pequeños enseres y materiales que facilitaran su vida y su trabajo.

La finalidad de la agricultura es nutrir al hombre. La agricultura convencional, agroquímica, donde se utilizan gran cantidad de productos químicos sintéticos, ha aparecido  bajo el pretexto de acabar con el hambre en el mundo. Es verdad que, en un primer momento, la productividad aumentó de forma espectacular, pero ese modelo agrícola no ha sido capaz de erradicar el hambre en el mundo. La cantidad de calorías en los alimentos producidos a nivel mundial serían suficientes para cubrir las necesidades energéticas de toda la humanidad, pero en vez de eso, la agroquímica ha alterado profundamente el medio físico; el aire, el agua, el suelo y también el medio social agrario.

La agroquímica ha conseguido que la agricultura pierda su carácter esencial, es decir, la transformación de la energía gratuita del sol en energía química contenida en los alimentos. Básicamente, lo que hace es transformar la energía fósil, el petróleo, en energía alimentaria. El conjunto que hoy es la industria agroalimentaria (maquinarias, abonos, pesticidas, combustibles, almacenaje, transporte, etc.) ha convertido lo que fue riqueza natural en mera transformación de energías ya existentes, y además limitada. Para fabricar una tonelada de abono nitrogenado se necesitan 3 toneladas de petróleo. Por ejemplo, el sistema agroalimentario americano es tan deficitario energéticamente que es necesario aportar 10 Kcal. para obtener 1 Kcal. en forma de alimento. 

La agricultura convencional mide la calidad de sus producciones sobre criterios de apariencia exterior, calibre, regularidad de formas, ausencia de defectos, color…. No considera la calidad gustativa y mucho menos, la calidad biológica. La calidad biológica se define como el conjunto de factores del alimento que contribuyen a mantener el estado de salud del ser vivo que lo consume, ya sea el animal o el hombre.

Hoy en día nos encontramos frente a una agricultura extremadamente industrializada que cada vez hace un uso más intensivo y preocupante de productos químicos de síntesis. Este modelo técnico tiende a ser simplificativo, productivista y contaminante.

La producción intensiva conlleva la plantación de enormes cantidades de terreno con un único cultivo, destruyendo hábitats naturales donde convivían los setos naturales, con gran variedad de árboles y matorrales, que albergaban a su vez una variada fauna beneficiosa para el campo. Con este desequilibrio, aparecen las plagas, o mejor dicho, el concepto de las mismas y la necesidad urgente de combatirlas a cualquier precio, muy caro por cierto. Aparecen los insecticidas organo-clorados, organo-fosforados, todos ellos cancerígenos, de efectos mutágenos y de difícil biodegradación, permaneciendo en la cadena alimentaria algunos de ellos durante décadas. Los fungicidas como los carbamatos, triazoles, etc., los herbicidas que son en la mayor parte de los casos de origen hormonal, provocan enormes desequilibrios en forma de mutaciones genéticas, contaminación de suelos y acuíferos, etc. Una inmensa cantidad de productos de síntesis que están llevando al planeta a enfrentarse a un futuro muy incierto. Por lo que respecta a los abonos químicos, en 1840 Von Liebig descubrió que suministrando a un suelo nitrógeno, fósforo y potasio se aumentaba su productividad sin preocuparse del humus, parte viva del suelo. Las plantas absorben las sustancias químicas de los abonos y sufren un desequilibrio que les lleva a un debilitamiento y a la posterior enfermedad y de nuevo los plaguicidas y de nuevo más abonos solubles, y así en una espiral interminable.

CONSECUENCIAS DIRECTAS EN LOS ALIMENTOS DE LAS PRÁCTICAS AGRICOLAS CONVENCIONALES

1. Aumento de nitratos: Los nitratos en un medio reductor como puede ser la sangre, se transforman en nitritos que, con los metabolitos de la sangre, se convierten en nitrosaminas. Son sustancias cancerígenas, e incluso pueden producir la muerte súbita en bebés.

2. Disminución de los oligoelementosAl multiplicarse por 8 el aporte de nitrato amónico en un cultivo de raygráss se comprobó que el contenido de cobre disminuyó hasta la mitad. Se observan disminuciones de manganeso, hierro, boro, etc.

3. Aumento de potasio y disminución de magnesio y manganeso: Los aportes de potasio originan carencias de manganeso y magnesio. La tetania de las vacas es una enfermedad que puede provocar hasta la muerte, se debe a que estos animales pasta en prados donde la hierba tiene deficiencias en este elemento. Lo curioso es que el magnesio si se encuentra en el suelo, pero la planta no lo puede asimilar por el antagonismo que existe entre este elemento y el potasio.

4. Aumento de fosfatos: El exceso de fosfatos acidifica la sangre y produce descalcificación ósea.

5. Disminución de la materia seca: Los productos biológicos tiene menos contenido en agua que los cultivados en forma convencional reduciéndose  en algunos casos hasta la mitad.

6. Disminución del contenido de proteínas: El contenido en aminoácidos esenciales de las hortalizas de cultivo biológico resultó ser un 35 % superior.

7. Disminución del contenido vitamínico: El trigo biológico contiene 108 % más de vit. B2 y 113 % más deVit. B3.

8.  Residuos de plaguicidas, hormonas, antibióticos: Todo está legislado, todo está permitido, eso si, con una determinada concentración. Sin comentarios.

9. Contaminación de acuíferos, tierras, ríos, mares y océanos.

10. Contaminación del aire, generación de gases de efecto invernadero.

11. Dependencia del sistema. Infravaloración del mundo rural, con el abandono de los campos y las aldeas. Aniquilación de la cultura campesina.

12.  Pérdida irreparable de la biodiversidad, tanto faunística como floral, y de las semillas que han acompañado al hombre desde sus orígenes agrícolas.

13.  Uso de transgénicos. La mayoría de los cereales ya han sido modificados genéticamente.

Y un largo etcétera de aspectos negativos por todos bien conocidos.

Por el contrario, los alimentos procedentes de cultivos biológicos nos ofrecen: menos agua, más vitaminas, más proteínas, más oligoelementos, mejor sabor, mejor conservación y ningún contaminante químico, ni biotecnológico. Es una apuesta del hombre para el hombre. Es una vuelta a la senda del respeto a la naturaleza, a sus ciclos y, en definitiva, al sentido común.

CONSUMO RESPONSABLE

Teniendo en cuenta las consideraciones anteriores, la seguridad alimentaria debería estar por encima de cualquier otro cuestionamiento. La verdad es que empiezan a surgir movimientos en torno a la agricultura biológica, asociaciones de consumidores, tiendas de productos biológicos y comercio justo. Cada día se registran nuevas tierras en los Consejos de todas las Comunidades Autónomas; en nuestra Comunidad ya hay más de 50.000Hc. en producción biológica e  innumerables empresas de transformación también sujetas al órgano de control, como almazaras, bodegas, empresas de conservas, zumos, congelados y un largo etcétera.

Así las cosas, cuando consumimos alimentos producidos de forma biológica estamos apostando por la calidad alimentaria, por la seguridad de los nuestros, apoyando una actividad que basa sus principios en el respeto a la vida y a la biodiversidad, apoyando a miles de agricultores que desean vivir de una forma digna y alejados del mercantilismo que todo lo inunda.

Otro enfoque del consumo responsable estaría relacionado con un consumo lógico, es decir, acorde a los ciclos, prescindiendo de algunos productos, ya sea por novedosos o por simple gusto personal. En el mercado convencional tenemos frutas y verduras todo el año; unas traídas del otro hemisferio y otras producidas en invernadero. Al traer frutas en el invierno desde otro hemisferio estamos haciendo dos cosas mal: una, consumiendo frutas que son alimentos refrescantes en una época que deberíamos tomar alimentos que calentasen, y por otro lado, contribuimos al deterioro del planeta al generar enormes cantidades de gases de efecto invernadero con los transportes intercontinentales y con la quema de fuel-oil para mantener a temperatura adecuada los invernaderos.

Así que debiéramos agruparnos en asociaciones, puesto que la unión hace la fuerza, y por otro lado, consumir la mayor cantidad de productos producidos en nuestro entorno mas cercano, minimizando los costos de transporte, con la garantía mas que probable del contacto directo con los productores y disminuyendo en gran medida la huella ecológica.

Por último, una reflexión más acerca del consumo responsable. Cada vez que comemos carne, aunque sea producida de forma biológica, debemos recordar que en la mayoría de los casos debemos utilizar un mínimo de 5 kg. de proteínas vegetales para conseguir 1 kg. de carne; en el caso de la ternera la cifra llega a ser de 16 a 1. Una hectárea de prados, produce trescientas cincuenta mil kilocalorías de carne, pero podría dar cuatro millones de kilocalorías de trigo. Esto es una reflexión en voz alta, y no una invitación al vegetarianismo, sino una revisión de nuestro comportamiento con los demás y con el planeta. El consumo de proteínas en la dieta, no debería pasar del 15% del total. De este porcentaje el 5% debería ser de origen animal y el resto de origen vegetal. Por no hablar de seguridad alimentaria: antibióticos, piensos manipulados, hormonas, enfermedades de nuevo cuño como la de las vacas locas y un largo etcétera, que cuestionan claramente el consumo seguro de la carne.

Hablar de seguridad alimentaria, supone hablar de consumo bio. Sin duda.

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